lunes, 9 de enero de 2012

Pensar es vivir

En épocas pasadas, los asuntos que constituían el objeto del pensamiento eran propiedad de los ilustrados. La gran mayoría de la población era analfabeta y trabajaba para comer y alimentar a su familia, por lo que su pensamiento se circunscribía a la reflexión sobre las tareas cotidianas y a los sermones dominicales del sacerdote. En definitiva, una reflexión sobre los quehaceres del día a día. Con la llegada del siglo XX se generaron nuevos hábitos y costumbres en la ciudadanía, pero en el ámbito del pensamiento no aconteció tal revolución. La expresión francesa métro-boulot-dodo[1] ilustra muy bien como la vida rutinaria actual de los ciudadanos parisienses no dista mucho de la sus ancestros de hace tres o cuatro siglos.

Los derroteros posmodernos han asesinado la vida intelectual y el pensamiento. La causa relativista ha destruido la preponderancia de unas ideas sobre otras y ha deslegitimado al hombre a alcanzar objetivos magnánimos. Hoy más que nunca podemos investigar desde nuestras casas e intentar aproximarnos a la verdad. Pero, si esta no existe, ¿para qué pensar? Nuestro infinito acceso al saber carece de sentido sin la búsqueda de la verdad.

A su vez, los medios de comunicación social han contribuido a fomentar la avalancha contra el pensamiento. La comercialización de sus productos, la rapidez, la inmediatez, la cultura del entretenimiento o la superficialidad han sido algunos de los factores que han remado en contra de la calidad de la oferta comunicativa. Varios de estos ejemplos los podemos encontrar estos días. La polémica entrevista a la madre de “El cuco” en La Noria destaca, una vez más, que sus propietarios no han reflexionado. Tampoco lo han hecho los italianos de Benetton con otra de sus irreverentes campañas.

Asimismo, quiero destacar como la estimulación del pensamiento y la reflexión ha sido causa motivadora de cambios en las pautas conductuales de algunas mujeres dispuestas a abortar. Es lo que ha sucedido en el estado norteamericano de Texas, donde doce clínicas abortistas han tenido que echar el cierre por falta de demanda, tras la aprobación de una ley que exigía mostrar a las embarazadas la ecografía del feto y la escucha del latido de su corazón antes de abortar.

Hoy en día hay dos factores que se han olvidado y que son indispensables para el pensamiento. El primero de ellos, la humildad, que es una de las virtudes indispensables para ejercer con honestidad intelectual una actividad reflexiva. La falibilidad de nuestro pensamiento es un hecho de partida clave para la búsqueda de la verdad. Como afirma el profesor Jaime Nubiola, “quien desea aprender está dispuesto a cambiar”[2]. El segundo factor es la responsabilidad, porque pensar nos hace libres, pero también responsables. Nuestra vida tiene que ir acorde con nuestro pensamiento y eso es un lastre que muchos no quieren arrastrar. Por tanto, ¿para qué pensar? Frases tan recurrentes como “no pienses, déjate llevar” o “yo no pienso porque me rayo” van en esta línea de exterminar el pensamiento para diluir la responsabilidad. Así, trasladamos la responsabilidad de nuestro vivir a los demás. Series televisivas y programas de televisión se hacen dueños de nuestro pensamiento y de nuestra libertad. La propiedad de nuestra vida queda al arbitrio de roles y modas sociales.

La vida, por el contrario, nos enseña que el hombre puede decidir en libertad, incluso, en las condiciones más difíciles y extremas. Desde su experiencia en un campo de concentración, Viktor E. Frankl nos ilustra como “una vida cuyo sentido dependiera, en última instancia, de la casualidad, no merecía en absoluto la pena de ser vivida”[3]. Así, el pensamiento se muestra como el mejor antídoto frente a coyunturas o contextos sociales que puedan lesionar nuestra libertad y el mejor garante de una vida gobernada desde la razón.



[1] Expresión francesa que muestra la rutinaria vida de un parisiense: del metro (métro) al trabajo (boulot) y, de allí, a la cama (dodo).

[2] Nubiola, Jaime, El taller de la filosofía

[3] Frankl, Viktor, El hombre en busca de sentido

sábado, 7 de enero de 2012

Pensar en libertad

Últimamente he estado reflexionando sobre si es posible una libertad pura de pensamiento, o hasta qué punto las modas públicas moldean nuestras opiniones. A lo largo de la historia han sido muchos los ejemplos de acomodación del pensamiento mayoritario al contexto dominante.

Los gobernantes de los regímenes totalitarios del siglo XX consideraban que las opiniones eran maleables. El control de los medios y la propaganda se utilizaban como las principales vías para controlar los pensamientos de los ciudadanos. Sin embargo, la capacidad para modificar los pensamientos y las actitudes no ha sido algo privativo de los gobiernos autoritarios. La democracia de referencia, la norteamericana, demostró ya en la Primera Guerra Mundial su capacidad para manipular la opinión de las masas, cuando el escepticismo del pueblo americano a favor del intervencionismo se transformó en un espíritu belicista lleno de fervor patriótico gracias a la campaña orquestada por el comité Creel. También unos años antes, en la guerra frente a España, los periódicos habían demostrado su capacidad para manipular y cambiar la opinión pública a su antojo.

Estos peligros, que ya habían sido percibidos por pensadores y filósofos del siglo XIX, siguen hoy muy presentes. “La opinión pública- advertía Alexis de Tocqueville en su reflexión sobre la democracia en América- corre el peligro de pasar de ser una instancia protectora frente a la arbitrariedad del Estado a ser un instrumento de coerción que fuerza al conformismo de la mayoría”[1].

En este sentido, me parece muy sugerente la reflexión del profesor Jaime Nubiola acerca de la purificación del pensamiento, para que este consiga desencadenarse de las ataduras sociales. Un pensamiento que, además, debe ser verbalizado y transmitido públicamente, sin que se atemorice ante las modas imperantes[2]. La solución pasa, por tanto, por no optar por el silencio y por no temer al error. Tampoco en los temas más espinosos o tabús. Porque “aquellos que tienen la impresión de que sus opiniones y valores cada vez obtienen más apoyo no temen al aislamiento, y expresan sus opiniones en público”, mientras que “aquellos que piensan que sus puntos de vista están perdiendo terreno, caen en el silencio”[3]. Noelle-Neumann logró demostrar esta teoría en el contexto de la Alemania de 1972, cuando la popularidad de la política de Ostpolitik de Willy Brandt provocó que aquellos que no la compartían se sintieran marginados, silenciados y condenados al aislamiento.

Incluso, una verdad hiriente debe ser expresada. De lo contrario, estaríamos, de nuevo, expuestos ante la convención mayoritaria que etiquete nuestra opinión y la tache de ofensiva e hiriente con el único objetivo de silenciarla. ¿Dónde está el límite de lo que se puede o no verbalizar? ¿Quién lo establece? Si es la mayoría estaríamos rindiendo pleitesía ante las modas actuales y ante lo políticamente correcto.

Si con honestidad intelectual hemos buscado la verdad, con respeto y humildad debemos dar luz social a nuestras reflexiones e investigaciones. En este sentido, el profesor Nubiola afirma que “la verdad tiene -¡debe tener!- buenos modales”[4]. La verdad debe comparecer con cariño. Debemos proponerla sin imponerla. Sea cual fuera el tema, la verdad cuando se propone se impone.



[1] Tocqueville, Alexis de, La democracia en América

[2] Nubiola, Jaime, El taller de la filosofía, 108.

[3] Noelle-Neumann, Elisabeth, La espiral del silencio: opinión pública, nuestra piel social

[4] Nubiola, Jaime, El taller de la filosofía, 105.