
Últimamente he estado reflexionando sobre si es posible una libertad pura de pensamiento, o hasta qué punto las modas públicas moldean nuestras opiniones. A lo largo de la historia han sido muchos los ejemplos de acomodación del pensamiento mayoritario al contexto dominante.
Los gobernantes de los regímenes totalitarios del siglo XX consideraban que las opiniones eran maleables. El control de los medios y la propaganda se utilizaban como las principales vías para controlar los pensamientos de los ciudadanos. Sin embargo, la capacidad para modificar los pensamientos y las actitudes no ha sido algo privativo de los gobiernos autoritarios. La democracia de referencia, la norteamericana, demostró ya en la Primera Guerra Mundial su capacidad para manipular la opinión de las masas, cuando el escepticismo del pueblo americano a favor del intervencionismo se transformó en un espíritu belicista lleno de fervor patriótico gracias a la campaña orquestada por el comité Creel. También unos años antes, en la guerra frente a España, los periódicos habían demostrado su capacidad para manipular y cambiar la opinión pública a su antojo.
Estos peligros, que ya habían sido percibidos por pensadores y filósofos del siglo XIX, siguen hoy muy presentes. “La opinión pública- advertía Alexis de Tocqueville en su reflexión sobre la democracia en América- corre el peligro de pasar de ser una instancia protectora frente a la arbitrariedad del Estado a ser un instrumento de coerción que fuerza al conformismo de la mayoría”[1].
En este sentido, me parece muy sugerente la reflexión del profesor Jaime Nubiola acerca de la purificación del pensamiento, para que este consiga desencadenarse de las ataduras sociales. Un pensamiento que, además, debe ser verbalizado y transmitido públicamente, sin que se atemorice ante las modas imperantes[2]. La solución pasa, por tanto, por no optar por el silencio y por no temer al error. Tampoco en los temas más espinosos o tabús. Porque “aquellos que tienen la impresión de que sus opiniones y valores cada vez obtienen más apoyo no temen al aislamiento, y expresan sus opiniones en público”, mientras que “aquellos que piensan que sus puntos de vista están perdiendo terreno, caen en el silencio”[3]. Noelle-Neumann logró demostrar esta teoría en el contexto de la Alemania de 1972, cuando la popularidad de la política de Ostpolitik de Willy Brandt provocó que aquellos que no la compartían se sintieran marginados, silenciados y condenados al aislamiento.
Incluso, una verdad hiriente debe ser expresada. De lo contrario, estaríamos, de nuevo, expuestos ante la convención mayoritaria que etiquete nuestra opinión y la tache de ofensiva e hiriente con el único objetivo de silenciarla. ¿Dónde está el límite de lo que se puede o no verbalizar? ¿Quién lo establece? Si es la mayoría estaríamos rindiendo pleitesía ante las modas actuales y ante lo políticamente correcto.
Si con honestidad intelectual hemos buscado la verdad, con respeto y humildad debemos dar luz social a nuestras reflexiones e investigaciones. En este sentido, el profesor Nubiola afirma que “la verdad tiene -¡debe tener!- buenos modales”[4]. La verdad debe comparecer con cariño. Debemos proponerla sin imponerla. Sea cual fuera el tema, la verdad cuando se propone se impone.
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