En estos días estoy comenzando el primer trabajo de investigación de mi vida: el trabajo fin de máster. Para ello, creo que puede resultar muy alentadora una de las reflexiones del profesor Nubiola, en la que señala la primacía del trabajo sobre la inspiración en el quehacer filosófico cotidiano. “En filosofía la creatividad es un noventa por cien `perspiration´ (transpiración, sudor, trabajo) y un diez por cien `inspiration´”.
Saber que, con tiempo y esfuerzo, llegaremos nos tranquiliza, sobre todo, a aquellos que han hecho de la cultura del esfuerzo y del trabajo una forma de vida. Me parece muy positivo el ser consciente de que a pesar del sudor alcanzaremos la cima. Y es que para llegar a lo alto de un puerto, muchos ciclistas pueden experimentar este mismo sentimiento. Sobre todo, cuando la carretera se abre y contemplamos la brutalidad de los últimos y zigzagueantes metros. A pesar de la dureza del terreno, la dirección de la carretera nos da la seguridad de que, con sudor y esfuerzo, tarde o temprano, coronaremos. La experiencia contraria se produce en el Dakar,
uno de los rallies más famosos y duros del mundo. A pesar de que, en ocasiones, el camino pueda ser fácilmente transitable, los pilotos se pueden ver envueltos en un mar de dudas para encontrar la dirección correcta ante la inmensidad del desierto. Aunque nos esforcemos, la desorientación puede impedirnos alcanzar nuestra meta. El trabajo académico tiene más de Pirineos que de Sáhara. Noventa por cien de ciclismo, diez por cien de Dakar. La carretera nos marcará siempre el camino a seguir, aunque el investigador deba, muchas veces, realizar un esfuerzo superlativo.
El problema puede aparecer si nuestra vida se convierte en una gran carrera ciclista por etapas. Metidos siempre en ella, resguardados en el interior del gran pelotón, sería imposible apartarnos de la dirección que los organizadores de la prueba han establecido. Nos contaba esta semana un profesor del máster un ejemplo relacionado con este tema. Sus alumnos de secundaria preferían una lista cerrada con una infinidad de términos geográficos para un examen, que una prueba, en teoría más sencilla, pero con un mayor margen de imprevisibilidad.
En nuestra sociedad mucha gente piensa como un ciclista. La previsión es hoy día uno de los aspectos más valorados en nuestra sociedad. Todo tiene que estar reglado y controlado y, aunque el camino sea largo, debe estar previsto. Es sorprendente como muchos adolescentes, además de la carrera que van a hacer, hayan decidido la edad a la que se casarán e, incluso, el número de hijos que tendrán. De locos.
Por el contrario, nuestra vida nos ilustra que los caminos son muchos y diversos y que la experiencia vital, muchas veces, se torna imprevisible. Pongo como ejemplo mi caso académico. Primeramente, me decidí por la ingeniería. Un año de integrales, termodinámica y libros de soldadura me animaron a cambiar de tercio completamente. La historia fue lo más cercano que encontré. Me gustó, pero quise encontrar una aplicación más práctica a la vida diaria. ¡Ahora sí, quería ser periodista! Aunque no fue la última de mis aspiraciones. Hoy sí, quiero ser profesor de secundaria, pero mañana…
Por eso, este trabajo fin de máster que voy a emprender (junto a mis compañeros) puede ser un buen test para poner a prueba nuestra capacidad de esfuerzo, pero también nuestra capacidad para sobreponernos a las adversidades. Tendremos, por tanto, que ser capaces de ascender un puerto de mediana dificultad, pero también poseer las dosis de intuición y genialidad necesarias para encontrar el camino adecuado en este inicio por el desierto.
Saber que, con tiempo y esfuerzo, llegaremos nos tranquiliza, sobre todo, a aquellos que han hecho de la cultura del esfuerzo y del trabajo una forma de vida. Me parece muy positivo el ser consciente de que a pesar del sudor alcanzaremos la cima. Y es que para llegar a lo alto de un puerto, muchos ciclistas pueden experimentar este mismo sentimiento. Sobre todo, cuando la carretera se abre y contemplamos la brutalidad de los últimos y zigzagueantes metros. A pesar de la dureza del terreno, la dirección de la carretera nos da la seguridad de que, con sudor y esfuerzo, tarde o temprano, coronaremos. La experiencia contraria se produce en el Dakar,
uno de los rallies más famosos y duros del mundo. A pesar de que, en ocasiones, el camino pueda ser fácilmente transitable, los pilotos se pueden ver envueltos en un mar de dudas para encontrar la dirección correcta ante la inmensidad del desierto. Aunque nos esforcemos, la desorientación puede impedirnos alcanzar nuestra meta. El trabajo académico tiene más de Pirineos que de Sáhara. Noventa por cien de ciclismo, diez por cien de Dakar. La carretera nos marcará siempre el camino a seguir, aunque el investigador deba, muchas veces, realizar un esfuerzo superlativo.El problema puede aparecer si nuestra vida se convierte en una gran carrera ciclista por etapas. Metidos siempre en ella, resguardados en el interior del gran pelotón, sería imposible apartarnos de la dirección que los organizadores de la prueba han establecido. Nos contaba esta semana un profesor del máster un ejemplo relacionado con este tema. Sus alumnos de secundaria preferían una lista cerrada con una infinidad de términos geográficos para un examen, que una prueba, en teoría más sencilla, pero con un mayor margen de imprevisibilidad.
En nuestra sociedad mucha gente piensa como un ciclista. La previsión es hoy día uno de los aspectos más valorados en nuestra sociedad. Todo tiene que estar reglado y controlado y, aunque el camino sea largo, debe estar previsto. Es sorprendente como muchos adolescentes, además de la carrera que van a hacer, hayan decidido la edad a la que se casarán e, incluso, el número de hijos que tendrán. De locos.
Por el contrario, nuestra vida nos ilustra que los caminos son muchos y diversos y que la experiencia vital, muchas veces, se torna imprevisible. Pongo como ejemplo mi caso académico. Primeramente, me decidí por la ingeniería. Un año de integrales, termodinámica y libros de soldadura me animaron a cambiar de tercio completamente. La historia fue lo más cercano que encontré. Me gustó, pero quise encontrar una aplicación más práctica a la vida diaria. ¡Ahora sí, quería ser periodista! Aunque no fue la última de mis aspiraciones. Hoy sí, quiero ser profesor de secundaria, pero mañana…Por eso, este trabajo fin de máster que voy a emprender (junto a mis compañeros) puede ser un buen test para poner a prueba nuestra capacidad de esfuerzo, pero también nuestra capacidad para sobreponernos a las adversidades. Tendremos, por tanto, que ser capaces de ascender un puerto de mediana dificultad, pero también poseer las dosis de intuición y genialidad necesarias para encontrar el camino adecuado en este inicio por el desierto.
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